Pastoras y pastorcillos

Pastoras y pastorcillos

Autor: Walter Quiroz Bustamante, Letras legendarias.

Eran una de esas muchas reuniones familiares bajo la presencia de Chachita, la abuelita octogenaria que poseía una nobleza singular que doblegaba cualquier idea de desunión en sus descendientes. En medio de acuerdos y sencillos presupuestos, se decidió – en esta ocasión -emprender una de las celebraciones más tiernas y llamativas que se venía celebrando en incontables generaciones y que, por ese entonces, ya se iba dejando lentamente en el olvido.

La decisión unánime fue: “¡Este año entonces tendremos pastoras y pastorcillos!”, implicando a cada miembro de la familia la responsabilidad de colaborar con un determinado producto para la realización de tal evento.

El tiempo transcurrió rápidamente y con el calendario a mitad de noviembre. Era el momento de iniciar el reclutamiento de integrantes, que serían niños entre 7 a 12 años; así como también, jóvenes y señoritas quienes representarían a los personajes que darán vida a tal acontecimiento. La devoción implícita a las tradiciones hacía que los participantes – a pesar de tener que caminar desde 30 a 90 minutos – asumieran el reto de ensayar todas las tardes y regresar a sus casas a altas horas de la noche, sorteando el frío o lluvia en algunas ocasiones.

Eran alrededor de 30 noches de ensayo que terminaban el 20 de diciembre con una réplica total la noche del 22, noche en que se ensayaba de amanecida, corrigiendo y limando cada detalle para la Nochebuena.

El advenimiento de esta magna celebración mantenía muy ocupados a toda la familia. Además de las otras actividades a realizar, había una que era todo un acontecimiento. Habría que ir al molino llevando las seis 6 arrobas de trigo para los panes.

El molino era una enorme piedra tallada de manera circular que giraba sobre otra similar que hacía de base, mediante una estructura ingeniosa de la época. Convertía los granos en una harina muy fina utilizando la fuerza del agua que, mediante una caía encausada en un canal, ponía en movimiento a una turbina con palancas de madera que se encontraban en la parte inferior de la construcción.

Una vez ya hecho harina y vuelto a casa, la harina era depositada en grandes artesas de madera labrada, en donde cuatro personas apuñaban con las manos batiendo fuerte y constante hasta dejar la masa lista, la cual tenía que reposar hasta la madrugada en el mismo recipiente, cubriéndola con paños de tocuyo y bayetas con el objetivo de que la masa leudara de la mejor manera. Finalizaba esta actividad con la entrega de los panes calientitos, provenientes de un amplio horno de adobe que – a la víspera – devoraba decenas de rajas de leña de eucalipto, absorbiendo el calor de las brasas y guardándolas en sus curvas paredes para luego soltarlas al momento de coser los panes, bizcochos y las huahuas.

El 24 era un día de ajetreos, mucha expectativa y con la mejor intención de hacer una verdadera Nochebuena. A medida que las horas transcurrían, uno que otro familiar o invitado iban llegando a la casa.

Las caídas de las sombras de la tarde eran distintas a las anteriores. Los trinares de pichuchancos, zorzales y algún canto solitario de un inquieto wisharo conjugaba con el bullicioso cuchicheo de una perdiz en alguna chacra cercana. Era el augurio de la proximidad del homenaje al nacimiento del salvador del mundo, en que pareciera que toda la naturaleza – en pleno – rendía sus expectativas en aquel perdido punto del planeta.

La noche ya había llegado. Dos lámparas Petromax iluminaban el recinto solitario en medio de frondosos árboles de saucos al pie del camino. El ambiente era un cuarto amplio de gruesas paredes de tapial, largas bancas y estrados cubiertos con gruesos costales y frazadas de lana de carnero que rodeaban el espacio, el cual rápidamente fue abarrotado de personas de distintos caseríos cercanos.

En medio de este acondicionado salón quedaba un espacio descubierto en la parte céntrica con dirección a la puerta. Al término de éste, apegado a la pared encontrábase una colorida pequeña choza redonda, que representaba el lugar del nacimiento del Niño Dios. Estaba cubierto en su interior con paja traída desde los grandes pajonales de la puna. La parte exterior se cubría con pequeños tallos de Mush Mush, adornados con bellas flores de Mancantos y Lima Rima que eran traídas de las partes altas de la Comunidad Campesina La Victoria. Mientras que unos solitarios tallos de Tuyos cuidaban la entrada. Alrededor de la puerta de este colorido nacimiento, hermosas flores auriverdes simulaban una manada de loros en miniatura, eran estas flores que se traían de las laderas abajo del pueblo de Collay.

El nacimiento expresaba toda la belleza natural del ande, era el lugar perfecto donde un Mesías campesino llegaría esa noche. Mientras tanto, curiosas huahuas representaban al niño y a toda la familia bíblica rodeado de sus acompañantes del pesebre.

Ya con todo en orden, Papá Nano – el representante de la familia – aparecía en medio y con palabras de agradecimiento a los visitantes, daba por iniciada la actividad. Momento en que ingresaba un ángel al costado de una estrella, seguido de los pastorcillos y pastoras respectivamente, alineados dando frente al nacimiento. Las pastoras vestían polleras y chompas coloridas con una pequeña rueca y un copo de lana (huango) prendida en la cintura, simulando el hilado, moviendo armoniosamente el huso en el cual envolvía el hilo. Llevaba, además, una porción de algodón que recubría la parte superior de la cabeza, dejando descubierto unas largas trenzas que simbolizaban la nieve que los cubría en el campo, mientras realizaban sus actividades de pastoreo.

La otra fila estaba compuesta por seis varones, quienes vestían poncho y un sombrero muy usado (toco) y previsto siempre con un chicote que representaba la autoridad cuando cuidaban el ganado.

La representación estaba compuesta por una cadena de cánticos, melodiosamente nostálgicas, que inducían a los presentes a la más sumida meditación de amor y bienestar con el prójimo. Se prolongaban hasta el amanecer, con un paréntesis a la medianoche en donde se compartía la cena navideña, que consistía en arroz y guiso de carne generalmente de carnero. Era pues, una ocasión de las muy pocas en que todos los miembros de una familia podían degustar estas exquisiteces. Al fin de todo, el motivo de estas celebraciones era compartir – en medio de la pobreza – lo poco que se tenía y hacer sentir ese verdadero advenimiento del nacimiento del Niño Dios, porque la Navidad simboliza la unión familiar y la grandeza de la humildad que hacía que el corazón explote en medio de esa verdadera unión navideña.

El amanecer del 25, ya con Jesús nacido, los presentes salían a un patio exterior en donde los esperaba una sabrosa sopa de tacape con menudencia de carnero, una taza humeante de café de habas tostadas y un recipiente con abundantes panes que no debería de sobrar, por lo que los asistentes comían y además llevaban para sus familiares que no pudieron asistir

Tal vez el paso de las horas de trabajo en esta ocasión, no traía agotamiento físico a los organizadores; sino más bien, era la recompensa de ver compartir a sus familiares y amigos en una de las fechas claves del amor y la reconciliación humana. Por lo que al término de la faena se sellaba con un gran abrazo que, hasta hoy, sigue sintiendo al remembrar en estas letras.


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